viernes, 10 de diciembre de 2010

Proyectos, caminos, bifurcaciones

En el colegio, yo tenía un grupo de amigos muy marcado. Dado que este blog también está dedicado a ellos, me parece lícito dedicarles una entrada.

Concretamente, mi gente más cercana en la infancia fueron la antes mencionada Esther, Gema, Paula y otra chica, que mantengo de momento en el anonimato. De pequeñas estábamos tremendamente unidas, todas nosotras. Conforme fuimos creciendo, aún en nuestra infantil soberbia, fuimos peleándonos. Esther empezó a juntarse con una amiga suya de las clases de pintura; tuvieron novios por internet con relaciones sentidas (al menos lo bastante para cruzarse media España para verse), y la muchacha se volvió gótica. Mantenemos una relación cordial; de hecho, creo que es mayor la efusividad de su madre cuando me ve por la calle que la suya propia. Gema, en cambio, fue a un instituto diferente al mío, y tuvo, si no me equivoco, la misma juventud que muchas chicas: abandonó la descuidada y cómoda infancia y se dio a sus maquillajes y arreglos. Se echó novio; llevan juntos muchísimo tiempo. De nuevo, mantenemos una relación cordial, aunque nos veamos de tanto en tanto. La tercera chica, Paula… tal vez sea la más conflictiva de todas. La chica se juntó con gente que no debía, y el divorcio de sus padres tampoco le sentó bien. Se volvió cani, se juntó con los malotes del pueblo y estuvo dando tumbos de aquí para allá sin rumbo fijo. Creo que se metió a trabajar con su padre, pero lo cierto es que no lo tengo claro. Corren muchos rumores respecto a ella, pero mi blog no trabaja con ellos, ya que no puedo afirmar que sean ciertos.

En cualquier caso, la última de las chicas se merece un señal para ocultarla a los ojos de la red. La llamaré… Leona. Leona era la más curiosa de todas nosotras: su madre le había enseñado mucho de esoterismo. Era divertida y tenía un gran desparpajo, cualidades que después se le acentuarían, dándole en verdad un gran encanto a su personalidad. Tocaba el piano, bailaba en el conservatorio… toda una pequeña artista, vaya. Tras abandonar la primaria e internarnos en ese mundo desconocido de la ESO perdí el contacto con ella, como con casi todas las demás, pero la casualidad volvería a reunirnos muchos años después.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Vini, vidi, vici

No sé muy bien cómo empezar esto. Tal vez, como diría Louis de Entrevista con el vampiro, debería empezar con “Nací, crecí, viví…”.

Nací, crecí y viví en un pueblo alicantino; de ésos que por número de habitantes son ciudades, pero que todo el mundo ve y se ve como un pueblo. Podría ser una niña cualquiera de las que nacen en una de estas localidades cualesquiera, con mi perfecta familia tetramembre: mi padre, el Guardián, siempre fuerte y seguro; mi madre, la Histérica, tan perfeccionista: todo un heraldo del orden; y mi hermano mayor, el Ídolo, fuerte, protector, artista y la mayor inspiración para lo que he llegado a ser. De él aprendí el amor al arte, la pasión por el rock, el cómic, el cine y los videojuegos. De él aprendí el entusiasmo de la pelea, el desenfado del humor, la acidez de la ironía. De mi padre heredé su vehemencia defendiendo sus pensamientos, su sentimiento protector y en algunos aspectos, su brutalidad; pero también su habilidad de concentración, y su habilidad para los trabajos manuales. De mi madre lo cierto es que no aprendí mucho: su moralidad era tan absolutamente recta, y la mía tan curvada… Y mi desorden y pereza contrastaban con su actividad marcial y terriblemente ordenada. Yo era una niña con la cabecita rubia llena de ilusiones y cuentos, demasiada imaginación y un montón de curiosidad por muchas cosas; también una pereza y una inconstancia importantes. Me encantaba dibujar, y también leer. De cría era encantadora: tímida, cordial, generosa, inocente, educada y juguetona. Mi mejor amiga era una vecina llamada Esther, con la que tenía una muy estrecha relación. Tan estrecha que supongo que ahí se sentaron los precedentes para mi sexualidad, pero eso vendrá después. Iba a un colegio público, al mismo que fue mi hermano años antes, así que yo me sentía de alguna manera obligada a seguir los pasos rectos de mi hermano, que siempre había sido un estudiante modélico, un deportista entregado, con gran éxito entre las chicas, y encantador y divertido. Durante muchos años me esforcé por ser digna de aquel legado y aquella fama. Cómo acabó ese esfuerzo es algo que, de nuevo, no viene al caso aún.

Ya desde los cuatro años escribía poesía y dibujaba. A esa tierna edad, de hecho, publiqué mi primera poesía en el periódico del pueblo. No recuerdo ni un solo verso, pero sí recuerdo el amorfo sol y el indefinido arcoiris que pinté con toda mi ilusión a un lado de los versos, de caligrafía infantil y trémula. A aquella edad destacaba ya por mi interés y mi potencial talento para la vida: mi pasión por el dibujo y mi curiosidad por los temas más diversos: los dinosaurios, la astrología… Tenía una mente ágil. Mi profesora de preescolar supo ver ese potencial y aconsejó a mi madre que me apuntara a aprender inglés, lo que sin duda determinó en gran medida el rumbo de mi vida. Para variar, me adelanto y me voy por las ramas.

En el colegio me gustaba inventar juegos, y siempre acababa enganchando a todos mis compañeros de clase, que seguían mi entusiasmo con cierto descontento. Yo inventaba grandes historias épicas de monstruos y guerreros, y esa fantasía solía ser suficiente para atrapar sus mentes en la red ilusoria. Se podría decir que de pequeña tenía un gran carisma. Pero también era tímida, y de alguna manera, plácida como una ovejita. No tenía ni una pizca de malicia, y era sincera. Mi infancia fue larga y feliz, tal vez demasiado larga y demasiado feliz: entre caricias de azúcar, protección de mi familia y peluches. Hay quien desea para todos una infancia tan feliz como la mía, pero lo cierto es que es cruel, pues te regalan para el resto de tu vida un sueño escrito en cada brizna de existencia que te espera. Cuanto más alto estás, más dura es la caída…

martes, 7 de diciembre de 2010

Prólogo: Páginas de acero...

Volvía de madrugada, sola, por las calles llovidas de mi pueblo.

Estaba aterida de frío; la caricia de diciembre no perdona. Yo volvía, tiritando, cansada y con los ojos caídos, tratando de no pensar en el silencio sobrecogedor que me envolvía, ni el soberbio vacío que se iba agazapando lenta pero inexorablemente en mi interior. Volvía llena de lo que yo llamo “altruismo egoísta”. Algún pureta ordinario se ofenderá y me dirá que el altruismo para nada es egoísta, pero yo no veo noble lo que un buen amigo denominaría “proteger a mi manada”. Esto es, por tanto, que mi corazón estaba atenazado por una garra frígida cuando pensaba en que aquella estabilidad que tanto había apreciado, que tanto amaba porque me mecía y no me zarandeaba cada minuto de mi patética existencia, estaba a punto de quebrarse en mil pedazos. Sentía también la espeluznante sensación de déjà vu, como si toda esta preocupación fuera la reminiscencia de Atlas tras ver a otro con el mundo a cuestas. Traté de apartar esos pensamientos de mi cabeza, y de concentrarme sólo en el brillo mortecino de las farolas, y sus manchas de luz amarillenta sobre el asfalto mojado. Me interné calle abajo y me pareció ver en cada esquina su figura: esa figura que reconozco hasta dormida, de tanto que la he admirado y observado. La silueta estaba apoyada en tres esquinas consecutivas, con aquella actitud elegante y laxa que me parecía más de una novela de Wilde que de alguien capaz de pisar las mismas calles sucias que yo. Ignoré aquella quimera, que no era más que eso, un espejismo, y miré las puntas de mis botas. Torcí una de aquellas esquinas, y aquella sombra me miró con expresión burlona y un tanto retadora. Parecía querer decir: “Aquí me tienes, tanto que me buscas”. La sensación de vacío aumentó.

Rememoré aquella sensación de ya haber vivido esto para alejar la imprenta de sus ojos negros de mí. Era, me dije a mí misma sorprendida, como si no fuéramos capaces de pasar página: porque cada página de esta historia era de acero forjado, y nos costaba la vida y media empujarla para que pasara. Y la siguiente era más gruesa que la anterior… Y el cansancio poco a poco se apoderaba de nosotros. Después de todo, el tiempo corría en nuestra contra: ese río en el que nunca te puedes bañar dos veces.

Así pues, me dispongo a dejar yo mi huella, aprovechando el anonimato de Internet, aprovechando ser sólo una cara sin rostro más en este mundo, sobre mi vida y las de mis más allegados, para que quede constancia del sufrimiento inmenso que hemos pasado juntos, y cómo he llegado a considerarlos de mi manada; para que nadie olvide a aquellas personas que tanto pelearon contra su destino, que estaba grabado en páginas de acero.

Pero empecemos por el principio…