martes, 7 de diciembre de 2010

Prólogo: Páginas de acero...

Volvía de madrugada, sola, por las calles llovidas de mi pueblo.

Estaba aterida de frío; la caricia de diciembre no perdona. Yo volvía, tiritando, cansada y con los ojos caídos, tratando de no pensar en el silencio sobrecogedor que me envolvía, ni el soberbio vacío que se iba agazapando lenta pero inexorablemente en mi interior. Volvía llena de lo que yo llamo “altruismo egoísta”. Algún pureta ordinario se ofenderá y me dirá que el altruismo para nada es egoísta, pero yo no veo noble lo que un buen amigo denominaría “proteger a mi manada”. Esto es, por tanto, que mi corazón estaba atenazado por una garra frígida cuando pensaba en que aquella estabilidad que tanto había apreciado, que tanto amaba porque me mecía y no me zarandeaba cada minuto de mi patética existencia, estaba a punto de quebrarse en mil pedazos. Sentía también la espeluznante sensación de déjà vu, como si toda esta preocupación fuera la reminiscencia de Atlas tras ver a otro con el mundo a cuestas. Traté de apartar esos pensamientos de mi cabeza, y de concentrarme sólo en el brillo mortecino de las farolas, y sus manchas de luz amarillenta sobre el asfalto mojado. Me interné calle abajo y me pareció ver en cada esquina su figura: esa figura que reconozco hasta dormida, de tanto que la he admirado y observado. La silueta estaba apoyada en tres esquinas consecutivas, con aquella actitud elegante y laxa que me parecía más de una novela de Wilde que de alguien capaz de pisar las mismas calles sucias que yo. Ignoré aquella quimera, que no era más que eso, un espejismo, y miré las puntas de mis botas. Torcí una de aquellas esquinas, y aquella sombra me miró con expresión burlona y un tanto retadora. Parecía querer decir: “Aquí me tienes, tanto que me buscas”. La sensación de vacío aumentó.

Rememoré aquella sensación de ya haber vivido esto para alejar la imprenta de sus ojos negros de mí. Era, me dije a mí misma sorprendida, como si no fuéramos capaces de pasar página: porque cada página de esta historia era de acero forjado, y nos costaba la vida y media empujarla para que pasara. Y la siguiente era más gruesa que la anterior… Y el cansancio poco a poco se apoderaba de nosotros. Después de todo, el tiempo corría en nuestra contra: ese río en el que nunca te puedes bañar dos veces.

Así pues, me dispongo a dejar yo mi huella, aprovechando el anonimato de Internet, aprovechando ser sólo una cara sin rostro más en este mundo, sobre mi vida y las de mis más allegados, para que quede constancia del sufrimiento inmenso que hemos pasado juntos, y cómo he llegado a considerarlos de mi manada; para que nadie olvide a aquellas personas que tanto pelearon contra su destino, que estaba grabado en páginas de acero.

Pero empecemos por el principio…

No hay comentarios:

Publicar un comentario