No sé muy bien cómo empezar esto. Tal vez, como diría Louis de Entrevista con el vampiro, debería empezar con “Nací, crecí, viví…”.
Nací, crecí y viví en un pueblo alicantino; de ésos que por número de habitantes son ciudades, pero que todo el mundo ve y se ve como un pueblo. Podría ser una niña cualquiera de las que nacen en una de estas localidades cualesquiera, con mi perfecta familia tetramembre: mi padre, el Guardián, siempre fuerte y seguro; mi madre, la Histérica , tan perfeccionista: todo un heraldo del orden; y mi hermano mayor, el Ídolo, fuerte, protector, artista y la mayor inspiración para lo que he llegado a ser. De él aprendí el amor al arte, la pasión por el rock, el cómic, el cine y los videojuegos. De él aprendí el entusiasmo de la pelea, el desenfado del humor, la acidez de la ironía. De mi padre heredé su vehemencia defendiendo sus pensamientos, su sentimiento protector y en algunos aspectos, su brutalidad; pero también su habilidad de concentración, y su habilidad para los trabajos manuales. De mi madre lo cierto es que no aprendí mucho: su moralidad era tan absolutamente recta, y la mía tan curvada… Y mi desorden y pereza contrastaban con su actividad marcial y terriblemente ordenada. Yo era una niña con la cabecita rubia llena de ilusiones y cuentos, demasiada imaginación y un montón de curiosidad por muchas cosas; también una pereza y una inconstancia importantes. Me encantaba dibujar, y también leer. De cría era encantadora: tímida, cordial, generosa, inocente, educada y juguetona. Mi mejor amiga era una vecina llamada Esther, con la que tenía una muy estrecha relación. Tan estrecha que supongo que ahí se sentaron los precedentes para mi sexualidad, pero eso vendrá después. Iba a un colegio público, al mismo que fue mi hermano años antes, así que yo me sentía de alguna manera obligada a seguir los pasos rectos de mi hermano, que siempre había sido un estudiante modélico, un deportista entregado, con gran éxito entre las chicas, y encantador y divertido. Durante muchos años me esforcé por ser digna de aquel legado y aquella fama. Cómo acabó ese esfuerzo es algo que, de nuevo, no viene al caso aún.
Ya desde los cuatro años escribía poesía y dibujaba. A esa tierna edad, de hecho, publiqué mi primera poesía en el periódico del pueblo. No recuerdo ni un solo verso, pero sí recuerdo el amorfo sol y el indefinido arcoiris que pinté con toda mi ilusión a un lado de los versos, de caligrafía infantil y trémula. A aquella edad destacaba ya por mi interés y mi potencial talento para la vida: mi pasión por el dibujo y mi curiosidad por los temas más diversos: los dinosaurios, la astrología… Tenía una mente ágil. Mi profesora de preescolar supo ver ese potencial y aconsejó a mi madre que me apuntara a aprender inglés, lo que sin duda determinó en gran medida el rumbo de mi vida. Para variar, me adelanto y me voy por las ramas.
En el colegio me gustaba inventar juegos, y siempre acababa enganchando a todos mis compañeros de clase, que seguían mi entusiasmo con cierto descontento. Yo inventaba grandes historias épicas de monstruos y guerreros, y esa fantasía solía ser suficiente para atrapar sus mentes en la red ilusoria. Se podría decir que de pequeña tenía un gran carisma. Pero también era tímida, y de alguna manera, plácida como una ovejita. No tenía ni una pizca de malicia, y era sincera. Mi infancia fue larga y feliz, tal vez demasiado larga y demasiado feliz: entre caricias de azúcar, protección de mi familia y peluches. Hay quien desea para todos una infancia tan feliz como la mía, pero lo cierto es que es cruel, pues te regalan para el resto de tu vida un sueño escrito en cada brizna de existencia que te espera. Cuanto más alto estás, más dura es la caída…
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